
El microscopio atómico, que se puede ver en el Congreso de nanotecnología, ejemplifica el avance de la especialidad
Oviedo, Eduardo GARCÍAEs un microscopio pero no lo parece. No es mucho mayor que una cámara de vídeo, pero logra medir cosas 50.000 veces más pequeñas que el pelo más fino. Es un microscopio de fuerzas atómicas, capaz de «ver» sin luz, átomo a átomo, y capaz además de permitir la manipulación de esos átomos. Cualquiera diría que estamos ante una historia de ciencia ficción, pero nada de eso. Uno de estos aparatos puede costar entre 70.000 y 100.000 euros y en Asturias funcionan al menos tres. Lo más sorprendente es que su fabricante es una empresa española, capaz de exportar este tipo de tecnología a Japón, entre otros destinos.
El microscopio en cuestión se puede ver en el Congreso internacional «Trends in Nanotechnology» 2008, que se celebra estos días en el auditorio Príncipe Felipe, en Oviedo. Nanotecnología. Hace quince años apenas se conocía la palabra, pero la gran revolución que supone ya estaba en marcha. Lo sabía el científico suizo H. Rohrer, capaz de crear el microscopio de efecto túnel por el que ganó en su día el premio Nobel. Por primera vez un aparato era capaz de ver mucho más de lo que nos permitían los microscopios convencionales.
Imaginemos un milímetro. Lo cortamos en mil trozos y obtendríamos micras. O lo cortamos en un millón de trozos y nos saldrían nanómetros. Es difícil que nuestra cabeza piense y calcule a estos niveles de dimensión. Más abajo sólo existen los átomos. El microscopio atómico que se puede ver en Oviedo puede observar átomos y manipularlos, moverlos. Se podría pensar que los átomos están en permanente movimiento; no es del todo cierto.
Junto al microscopio hay una pantalla de televisión, y en ella se reproduce el perfil de un mapa de Asturias. Su contorno son pequeños puntos blancos: átomos. Es un mapa de átomos, manipulados a través del microscopio. Ese mapa, de cuatro micras de ancho, podría ser repetido doscientas mil veces en un milímetro cuadrado, según cálculos de Rafael Fernández, portavoz en el congreso de la empresa Nanotec Electrónica, productora del microscopio cuyo modelo ha sido bautizado con el nombre de «Cervantes», inequívocamente nacional.
Hace casi cincuenta años, el físico Richard Feynman aseguraba que la capacidad del ser humano para almacenar bits llegaría al extremo de que en una superficie similar a la de una uña cupiera el texto de todos los libros de las estanterías del Congreso de los Estados Unidos. «Aún no hemos llegado a eso», reconoce José María Alameda, catedrático de la Universidad de Oviedo y miembro del comité organizador del congreso, «y quizá no se consiga en los próximos diez años, pero ya hemos podido multiplicar el almacenamiento por miles». En un nano-CD cabrían diez mil unidades de CD actuales, «y puede que no estemos muy lejos de esas capacidades». El problema «no es tanto fabricarlo como leerlo».
El microscopio atómico está conectado a un ordenador amplificador de voltajes. Una finísima punta de silicio ejerce de «haz de luz» porque, en realidad, si utilizáramos un haz de luz nunca podríamos enfocar tamaños más pequeños de su propia longitud de onda. La luz no nos sirve.
Tener un aparato capaz de ver mucho más de lo que se veía fue el primer paso para la busca y experimentación de nanomateriales. La nanotecnología nos inunda. Nuestro ipod es nanotecnología, o la raqueta de Rafa Nadal, y como ésas, muchas más cosas. La nanotecnología diseña y produce estructuras manteniendo un control sobre su tamaño, de manera que a dichas estructuras se les puedan sacar características nuevas y mejoradas precisamente debido a su pequeño tamaño.
Es decir, las propiedades de los materiales varían según ese tamaño. Alameda pone un ejemplo muy relacionado con la naturaleza: «si un hombre quiere transportar unos cuantos litros de agua, algo así como el equivalente a una tercera parte de su peso corporal, deberá hacerlo con ayuda un cubo, pongamos por caso. Pero si un insecto transporta agua también equivalente a su peso corporal, sus pinzas serán capaces de moverse con ese agua en forma de gota». Cambian las dimensiones, cambian las propiedades.
José María Alameda se refería ayer a los llamados nanotubos de carbono, «con propiedades mecánicas mejores que el mejor de los aceros», o a las partículas de oro, «extraordinarias para reacciones de catálisis químicas». Se estudian miles de materiales, en muchos casos pensando en aplicaciones sanitarias. Se trabaja en nanopartículas que en unión de biomoléculas -presentes en nuestro sistema inmunológico- van a ser capaces de detectar en qué lugar exacto de nuestro cuerpo hay células cancerígenas. Apasionante. Imaginemos nanopartículas activadas en nuestro organismo, junto a medicamentos, que cerquen las células tumorales. Se están realizando ensayos con animales con muy buenos resultados.
Vía: La Nueva España



